Aprender a bailar tango. Un viaje de ida.

Aprender a bailar tango, un viaje de ida.

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Tango en sepia.

Como argentino, por supuesto, durante mi infancia no era difícil cruzarme con el tango. Todavía permanecen en mi memoria los vinilos de papá con las tapas de Julio Sosa o Di Sarli, (sus reliquias más preciadas), o pasar a la salida de la escuela delante de los cafetines en los que los abuelos jugaban a las cartas, bebían una ginebra y transcurrían sus tardes (que en mi mente se mantienen en sepia) al compás de los tangos que sonaban de fondo.

El tango siempre ha sido de alguna manera un billete al pasado, especialmente a los ojos de los chicos o los adolescentes.

Sin embargo el tiempo cambia las cosas, las hace evolucionar o desaparecer, mutar, dotarse a veces de una tangibilidad que parecía que jamás tendría.

El tango hace mucho tiempo era algo imperecedero pero para gente de cierta edad, algo que podía interesarle a los mayores, un poco porque era música de otros tiempos (al igual que la música clásica, a pesar del tango nuevo el tango tradicional de lejanas décadas sigue siendo el que impera en las milongas), y en parte porque era una danza que, a diferencia de las otras, permitía a la gente grande bailar y sentirse a gusto haciéndolo.

Así, más o menos, las generaciones anteriores vivíamos el tango en la adolescencia: como una representación cultural propia pero que pertenecía a nuestros mayores.

En la juventud más incipiente, todo parece tan al alcance de la mano que no atendemos al detalle de que exista algo que puede realizarse toda la vida.

Pero ahí radica, latente y perenne, el mayor secreto del tango.

Tango democrático.

Las primeras veces en las que me acerqué al tango, casi como asistiendo a una curiosidad, recuerdo haber escuchado la frase “el tango es democrático” pero no haber entendido el significado. Cuando lo pregunté (a una italiana monísima que, claro, me traía de las narices), me explicó que lo que quería decir con eso, es que en el tango, en el acto de bailarlo, no importan ni la edad, ni la condición social, ni el aspecto físico ni la religión. El tango los recibe a todos con los brazos abiertos, generando un soplo de aire fresco en las vidas tan signadas (especialmente en la actualidad), por el posicionamiento social o físico, en detrimento de esa simple condición de humanidad que, desde el instinto, lo hace todo más puro y generoso.

Y es que ese es el sencillo proceso mediante el cual se ramifica el tango, todo se trata de gente que necesita abrazar a gente, humanos ansiosos de vivir la vida y ya no padecerla, de dejar de ser un nombre para tener identidad.

Y es así que el tango se vuelve democrático. Rubias de un metro ochenta con morenos de uno sesenta, pobres y ricas, viejos y jóvenes, gordas y flacos, modernos y anticuados; un multitudinario pacto tácito en el que el resto del mundo queda afuera y no importa mucho más que bailar bailar bailar, tanto que las milongas terminan pero continuarán bailando en pequeños livings hasta el amanecer, girando apiñados y abrazándose, siempre y cuando más tarde haya una tanda más, un tango más.

Tango para siempre.

El tango es un regalo para toda la vida, y ese es su valor supremo. Como andar en bicicleta, una vez que se lo aprende, no se olvida nunca. Pero no solo eso, es decir, no sólo es el valor de adquirir la técnica, sencilla y posible, de algo que permanecerá en nuestro conocimiento por siempre, sino que el valor de aprender a bailar tango va mucho más allá de eso y se introduce en las vidas, en la historia de las vidas, como la sangre misma por las venas.

Porque si hay algo de lo que no quedan dudas, es de que el tango será siempre un lugar de encuentro imperecedero y profundo.

¿Cuántos adultos, cuántos ancianos pueden encontrarse por el resto de su vida en un lugar de pertenencia, con la misma gente de antaño?

¿Cuántos jóvenes pueden decir que ese lugar de encuentro de hoy, en el que, como su edad indica, suceden seducciones, juegos y placeres, será un lugar de encuentro eterno, permanente en su vida, que indefectiblemente encontrarán en la juventud y en la adultez y en la vejez?

¿Cuántas actividades regalan la absoluta seguridad de que siempre habrá un lugar en cada ciudad del mundo en la que podrán encontrar pares, podrás sentirse parte, podrán hallar un lugar propio aunque sea del otro lado del mundo de su hogar y con rostros desconocidos que hasta entonces no había visto nunca, pero que en 10 minutos estarán ceñidos a su cintura o su cuello?

Pocas inversiones de tiempo y espíritu pueden ser más rentables que la de aprender a bailar tango, que la de tomar lecciones de tango, simplemente porque es un billete de ida, una invitación única a gestar el presente y el futuro, bailando siempre al compás poético y romántico del pasado.

Que te abracen, que te sigan y que te acompañen, que te esperen, que te inviten, que haya en cada ciudad del mundo un lugar, y un grupo, y un abrazo sincero y puro esperando, es un milagro que no le es dado a la mayoría, sino a sólo a unos pocos: los que saben bailar tango.

Leonel A. Mitre

Este artículo encontralo también en:

https://francesca-vaccari-tango.com/aprender-bailar-tango-barcelona/?fbclid=IwAR2ti8xSrb1-Jx5UMIBhdr58g6nXIkZnx7m_bCsdUfbFGrqdSI8MYVWKRDs

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